China y los Telescopios Secretos de los Andes

Hilo sobre cómo China invirtió 430 millones en telescopios en los Andes: 350 millones en San Juan, 80 millones en Atacama. Construidos por empresas vinculadas al Ejército chino. Científicos locales con acceso restringid…
o Que No Te Cuentan: China puso telescopios en los Andes para “mirar las estrellas” —y Estados Unidos los cerró porque miraban hacia abajo
En El Leoncito, San Juan, Argentina, China estaba construyendo el CART: un radiotelescopio de 40 metros con 350 millones de dólares de inversión, parte de una red global para monitorear el espacio. En Los Ventarrones, Atacama, Chile, otro observatorio chino a 2.600 metros de altura, con 80 millones de dólares, para “escanear el firmamento” cada 30 minutos. Ambos proyectos fueron suspendidos en 2025-2026. En Argentina, Milei dejó caducar el convenio y congeló equipamiento en aduana por “intereses políticos circunstanciales”. En Chile, la construcción terminó con tres detenidos. La excusa oficial: preocupación por “doble uso civil-militar”. La realidad: Estados Unidos presionó a ambos países para sacar a China de sus cielos. Y la pregunta que nadie hace es: si los telescopios eran solo científicos, ¿por qué China invertía 430 millones en desiertos donde no hay astrónomos chilenos ni argentinos con acceso real?
En noviembre de 2025, el gobierno de Javier Milei suspendió el CART.
El Radiotelescopio Argentino-Chino. Un proyecto de 30 años. Un reflector de 40 metros en El Leoncito, San Juan, a 2.500 metros sobre el nivel del mar. 350 millones de dólares de inversión. Una red global para monitorear objetos en órbita terrestre.
La excusa: el convenio de construcción había caducado en junio y no se renovó. La realidad, según la Universidad Nacional de San Juan: el proyecto estaba paralizado por “intereses políticos circunstanciales”. En diciembre de 2024, la gestión Milei ya había detenido el ingreso de equipamiento enviado desde China por presuntas “irregularidades”.
En enero de 2026, Chile canceló el observatorio chino en Antofagasta. La construcción, que llevaba años en Los Ventarrones, desierto de Atacama, terminó con tres detenidos.
La prensa chilena lo llamó “Doctrina Trump”.
Los telescopios que no solo miran arriba
El CART de San Juan no era un telescopio astronómico tradicional.
Era un radar. Parte de una red global de monitoreo del espacio profundo, impulsada por la Academia de Ciencias de China (CAS) en conjunto con el Observatorio Astronómico “Félix Aguilar” de la UNSJ y el CONICET. Su alcance era superior al de la antena que China ya opera en Neuquén.
Neuquén. La base espacial china que desde 2017 opera en territorio argentino, gestionada por la empresa estatal china CLTC, con una antena de 35 metros que China usa para “monitorear satélites y apoyar misiones espaciales”. La base que, según acuerdos, Argentina no puede inspeccionar sin autorización previa de Beijing.
El CART se sumaba a esa infraestructura. Pero con una diferencia: 40 metros de diámetro. 350 millones de dólares. Y una ubicación estratégica en los Andes, donde la atmósfera es estable y la interferencia electromagnética era mínima.
En Chile, el Observatorio Ventarrones era más explícito. Según un reporte de la firma de inteligencia Grey Dynamics, citado por Newsweek, el proyecto fue creado para “escanear completamente” el firmamento de los hemisferios sur y norte cada 30 minutos, respondiendo a las “necesidades estratégicas nacionales de Pekín”.
La empresa encargada de la construcción era una filial de CSCEC —Corporación Estatal China de Ingeniería y Construcción— vinculada al Ejército Popular de Liberación.
El acceso que no era para chilenos
En Chile, la “colaboración científica” tenía límites claros.
La Universidad Católica del Norte (UCN) negoció durante ocho años. Describieron el proceso como “algo extraño” debido a las restricciones chinas. Finalmente, la universidad dijo que no tenía intención de utilizar las instalaciones, pero que no podían ser excluidos por completo.
Según Newsweek, fuentes de inteligencia dijeron que los científicos chilenos solo tendrían “dos noches al mes” en Ventarrones. Y que “solo se podía negar una noche si los científicos chinos estaban trabajando en proyectos importantes”.
80 millones de dólares. Para que chilenos accedan dos noches al mes, si los chinos no están ocupados.
La inversión no era para la ciencia chilena. Era para capacidad china en el hemisferio sur.
La presión que no se ve
En mayo de 2026, The New York Times confirmó lo que todos sospechaban.
“EE. UU. ha presionado a Argentina y Chile para que revisen dos proyectos de telescopios chinos en los desiertos andinos”.
La presión diplomática estadounidense paralizó el radiotelescopio en San Juan y el observatorio en Atacama. Se enmarcó en la ofensiva de Washington contra la “expansión tecnológica de China en América Latina”.
En Argentina, la suspensión del CART coincidió con el “alineamiento incondicional” de Milei con Trump. En Chile, la cancelación del observatorio en Antofagasta se produjo en medio de tensiones similares.
La embajada de China en Santiago defendió el “carácter científico” del proyecto. Pero no explicó por qué una empresa vinculada al Ejército Popular de Liberación construía un observatorio donde los científicos locales tenían acceso restringido.
El giro polémico
Aquí está el truco que nadie menciona.
Ni Argentina ni Chile cerraron los proyectos chinos porque descubrieran espionaje. Los cerraron porque Estados Unidos les dijo que lo hicieran.
La preocupación por “doble uso civil-militar” es válida. Pero es selectiva. Estados Unidos opera la Estación Terrena de la Base Naval de Comunicaciones en Salinas, Puerto Rico, con capacidades similares de monitoreo espacial. Tiene acuerdos de cooperación espacial con Brasil y Colombia. No presiona a esos países para cerrar sus propias instalaciones.
La ironía definitiva: China invirtió 430 millones de dólares en dos desiertos donde los astrónomos locales no tenían acceso real. Eso no es ciencia. Es geopolítica con lentes de telescopio. Y cuando Estados Unidos presionó para cerrarla, los gobiernos locales no defendieron soberanía científica. Solo obedecieron.
Pero hay algo más incómodo.
El CART llevaba 30 años. La UNSJ había invertido décadas de relación con China. La cancelación, según la universidad, fue por “intereses políticos circunstanciales”. Es decir: una decisión de política exterior tomada en Washington, ejecutada en Buenos Aires, que destruyó tres décadas de cooperación académica sin consultar a los académicos.
Traducción: la soberanía científica argentina y chilena es negociable. Pero no con China. Con Estados Unidos.
La pregunta que no te dejará dormir
Si mañana un país extranjero te ofreciera 350 millones de dólares para construir un radar en tu desierto —con acceso restringido para tus científicos, gestionado por una empresa vinculada a su ejército y como parte de una red de monitoreo global— ¿lo aceptarías?
¿O preferirías admitir que la única diferencia entre un telescopio científico y una antena de inteligencia es quién controla el acceso, quién paga la factura y quién puede presionar a tu gobierno para cerrarlo cuando ya no le conviene?
