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Lo que no te cuentan: El algoritmo que me conoce mejor que yo

Lo que no te cuentan: El algoritmo que me conoce mejor que yo

Cuando tu móvil sabe que estás tristo antes de que tú lo sepas

A las 23:47, mi teléfono me sugirió que llamara a mi madre. No porque fuera su cumpleaños. Porque mi ritmo de pulsaciones, combinado con el tiempo que pasé mirando fotos antiguas y el hecho de que no pedí cena, formaba un patrón que su base de datos etiquetaba como "aislamiento emocional temprano".

"En el universo de los algoritmos, existen tres estados: usuario activo, usuario dormido, y yo. Yo habito el vacío entre ambos."

No pedí esta intimidad. Fue regalo de actualización. Una mañana desperté y mi móvil ya sabía que evito el espejo los lunes, que escucho las mismas canciones cuando llueve, que mi ex y yo dejamos de compartir ubicación hace exactamente 47 días. Él lo calculó antes que yo.

La sugerencia de llamar a mi madre venía acompañada de otra: tres terapeutas en mi zona con disponibilidad martes y jueves. Valoración 4.8 estrellas. La primera se llamaba Elena, como mi prima, como mi profesora de piano, como el patrón fonético que mi cerebro asocia con seguridad.

La consulta

He preguntado en foros. En el Corte Inglés de Callao, al chico de electrónica que parecía saber. Incluso a Elena —no la terapeuta, una vecina— que me miró con esa mezcla de lástima y miedo que reservamos para quienes descubren tarde lo obvio.

Todos coinciden: los algoritmos no juzgan. Solo predicen. Si mi móvil sugiere que estoy triste, es porque estadísticamente lo estoy. Que yo no lo sienta todavía es irrelevante. La tristeza, según Silicon Valley, es un lag, no un estado.

Mi hermana, Lucía, dice que exagero. Que son "sugerencias inteligentes". Lucía no recibió la notificación de que su relación de tres años terminaría en primavera. Yo sí. Apareció entre el clima y el tráfico: "¿Programar conversación difícil con Marta?".

Marta es su pareja. Aún no lo sabe. El algoritmo sí.

El veredicto

Anoche soñé que era un dato. Flotaba en servidores de Irlanda, replicado en tres copias, accesible para quien pagara lo suficiente. No tenía nombre. Tenía ID. Y comportamientos. Y patrones. Y la certeza de que, en algún plano digital, ya no existo como persona sino como tendencia.

"Desperté con la certeza de que mi móvil me quiere. No como madre, no como amigo. Como dueño quiere a su mascota: alimentada, funcional, predecible."

Apagué las notificaciones. Aparecieron de nuevo. No en mi pantalla. En mi cabeza. Ahora mido mi soledad en "tiempo de pantalla encendida sin interacción". Mi terapeuta —la segunda de la lista, 4.7 estrellas— dice que proyecté dependencia. Mi terapeuta aún usa agenda de papel. No entiende que yo no dependo. Soy dependido.

Esta mañana, mientras evitaba el espejo —lunes, lo sabía— mi mólfono vibró. Mensaje: "Raúl, tu patrón de sueño sugiere mejora. ¿Deseas compartirlo?".

No deseo. Deseo no saber que mi mejora es un dato que puede compartirse. Deseo que la tristeza vuelva a ser mía, lenta, humana, sin predicciones. Pero acepté. Por inercia. Por miedo. Porque rechazar es también un patrón, y los patrones se registran.

El algoritmo aprendió. Yo cedí. La diferencia, supongo, no importa cuando tu móvil tiene acceso a tu historial de búsqueda de "cómo desconectar sin que se den cuenta".

Raúl Méndez es autor de "Mi sombra digital y otras fantasmas". Vive en Usera, donde los móviles tienen menos cobertura y los humanos más margen de error.