Lo que no te cuentan: El gallo que fuma en el gallinero

Cuando el animal más estresado de Vallecas necesita nicotina
A las 6:15, en el gallinero de don Anselmo en Vallecas, el gallo encendió su segundo cigarro. No es metáfora. No es montaje de TikTok. Es un animal rojo como la ira, con cresta de demonio barroco y plumas doradas que en otra vida fueron de ángel, ahora manchadas de ceniza, de nicotina, de la resignación de quien ha visto demasiadas mañanas.
"En el universo de los gallos, existen tres categorías de seres: los que cantan, los que callan, y yo. Yo habito el vacío entre ambas, mirando cómo este ejemplar rojo como la sangre seca inhala con el pico entreabierto, cómo el humo sale lento, cómo sus ojos negros miran al infinito de la M-50."
Don Anselmo lo trajo del pueblo. Dijo que era de raza noble, que sus huevos serían de oro, que el animal tenía carácter. Carácter. Esa es la palabra que usamos cuando algo nos asusta y no queremos decirlo. Este gallo no tiene carácter. Tiene historia. Tiene pasado. Tiene deudas que no son suyas pero que paga con cada calada, con cada mirada perdida en el cemento del gallinero, en los coches que pasan, en la vida que no es campo ni es ciudad, es esto, es esperar, es fumar.
La consulta
He preguntado a veterinarios. A mi tío el guardia civil, que vio de todo en los pueblos de Guadalajara. Incluso al dependiente del estanco de la calle del Puerto, que me miró con ojos de quien ha vendido tabaco a extraños, de quien sabe que algunos clientes no son humanos, que algunas colillas desaparecen, que el dinero es dinero y no pregunta.
Todos coinciden: el gallo rojo no es normal. No canta al amanecer. Canta cuando se le acaba el cigarro. Canta con voz ronca, de fumador de tres décadas, de tabernero de carretera, de alguien que ha perdido algo y no recuerda qué pero sigue buscando en cada bolsillo, en cada rincón del gallinero, en cada colilla que roba del cenicero de don Anselmo.
Mi vecina, doña Carmen, dice que es el estrés. Que los animales sienten la presión de Madrid, del tráfico, de la vida que no es la que les prometieron. Que el gallo fuma porque no puede gritar más, porque su canto se quedó en el pueblo, en otro gallinero, en otra vida donde las mañanas tenían sentido. Doña Carmen le deja cerillas. El gallo no las usa. Solo espera que don Anselmo encienda, que el momento llegue, que el humo vuelva.
El veredicto
Anoche soñé que era gallo. Era rojo, completamente rojo, con cresta como llama y plumas que olían a tabaco de liar. Estaba en el gallinero, en el suelo de madera podrida, mirando la M-50 a través de la reja. No tenía alas. Solo tenía pulmones. Y paciencia. Y la certeza de que, tarde o temprano, don Anselmo vendría, encendería, dejaría el cenicero cerca.
"Desperté con la certeza de que, en algún plano animal, ya no existo como humano. Existo como adicto. Y que el gallo rojo, aunque ave, me conoce mejor que mi terapeuta: sabe que necesito pausas, que necesito humo, que necesito esa mirada de mil yardas que dice todo lo que no podemos decir, que este gallinero es Madrid, que esta colilla es vida, que cada bocanada es una mañana que no amanece, que no termina, que se repite, que es esto, que es todo, que es esta columna que nadie pidió, que nadie leerá, que yo escribo mientras él fuma, ahora, siempre, eternamente, porque son las 6:15, porque la nicotina baja, porque el gallo canta ronco, porque Madrid despierta, porque nosotros no, porque seguimos aquí, en el gallinero, en el estanco, en la espera, en el humo, en la vida roja, dorada, quemada, que es esta, que es la única, que es del gallo, que es mía, que es de todos los que fumamos sin ganas pero sin poder parar, que es la columna, que es el final, que es el principio, que es el gallo que mira, que sabe, que fuma."
Raúl Méndez es autor de "Animales de Madrid y otras adicciones". Vive en Vallecas, donde los gallos son fumadores y los gallineros son bares, donde todos tenemos una colilla pendiente, donde esta columna es mi único humo, mi única canción ronca, mi única cresta roja.
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