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Lo que no te cuentan: El influencer que no existe

Lo que no te cuentan: El influencer que no existe

Cuando tu ídolo de Instagram es código y sus seguidores son reales

A las 11:23, mientras hacía scroll en el metro de la línea 5, descubrí que Marco no existía. No físicamente. No digitalmente. No en ninguna capa de la realidad que yo consideraba sólida.

"En el universo de los influencers, existen tres categorías de seres: humanos que fingen, humanos que venden, y yo. Yo habito el vacío entre ambas, comprando lo que ambos prometen."

Marco tenía 487.000 seguidores. Colaboraba con Zara, con Bershka, con esa marca de agua que cuesta cuatro euros y sabe a cartón. Sus fotos eran perfectas: atardeceres en la playa de la Concha, desayunos en Malasaña, sonrisas que no mostraban encías. Yo pensaba que era filter. Era render.

Lo supe por el ojo. En su última foto, el izquierdo tenía un brillo imposible. No de flash. De píxel. De quien no sabe cómo se moja el ojo humano, de quien calcula la humedad como dato, no como memoria de llanto. Busqué en TinEye. Cero resultados. Las playas no existían. Los cafés eran composites. Marco era un prompt bien escrito.

La consulta

He preguntado en agencias de marketing. En el departamento de Nuevos Medios de la Complutense. Incluso a mi prima Elena, que trabaja en Meta y me miró con esa cara de quien sabe pero no puede, de quien firma papeles que no lee.

Todos coinciden: los influencers virtuales son el futuro. No envejecen. No escándalos. No exigen royalties. Marco, o quien sea, era versión 3.2 de un software que lleva años creando vidas perfectas. Sus seguidores reales —los 487.000— comentaban "guapo", "te quiero", "cuando vienes a Sevilla". Nadie sospechaba. Nadie quería sospechar.

Mi terapeuta, Raquel, dice que proyecté soledad. Que necesitaba que Marco fuera falso para justificar mi aislamiento. Raquel no vio los comentarios. María_1992 decía "me salvaste la vida" tres veces por semana. Juan_sin_foto le pedía consejo sobre su divorcio. Gente real, sufriendo real, conectada a nada.

El veredicto

Anoche soñé que era un pixel. Formaba parte del fondo de una foto de Marco. Estaba borroso, intencionalmente, para que él resaltara. No tenía nombre de archivo. Tenía ID. Y función. Y la certeza de que, en algún servidor de Ámsterdam, alguien pagaba por mi atención.

"Desperté con la certeza de que, en algún plano digital, ya no existo como espectadora. Existo como métrica. Tiempo de pantalla. Tasa de clics. Y que Marco, aunque falso, me conoce mejor que yo: sabe qué foto me detiene, qué frase me hace guardar, qué vacío intento llenar con su vida imposible."

Marco, si tu algoritmo te permite leer esto: la próxima vez, pon una arruga. Un grano. Una señal de que el sufrimiento no es solo para quienes te miramos. Porque ahora mismo, entre tu feed y mi pantalla rota, no sé si te odio o si te envidio. Y la diferencia, supongo, no importa cuando tu no-existencia es más tangible que mi vida, cuando tu perfección es el espejo en el que me rompo cada mañana, cuando Madrid es real y tú eres mentira y sin embargo tú tienes 487.000 testigos y yo solo tengo esta columna que nadie pidió.

Lucía Herrero es autora de "Likes y otras formas de afecto digital". Vive en Chamberí, donde los bares tienen wifi gratuito y los vecinos evitan hablar de lo que ven en sus pantallas, de lo que sienten cuando cierran los ojos, de la sospecha de que todos somos algo menos reales de lo que nuestros perfiles prometen.