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Ciencia

Lo que no te cuentan: El jugador de UNO que nunca pierde

Lo que no te cuentan: El jugador de UNO que nunca pierde

Cuando tu primo tiene la carta +4 exacta que necesita desde el principio

A las 22:15, en el salón de mis tíos de Alcorcón, Javier jugó la carta +4. Otra vez. Era la tercera en diez minutos. Imposible estadísticamente, imposible físicamente, imposible salvo que el mazo sea suyo, salvo que las cartas le hablen, salvo que el UNO no sea juego sino idioma que él habla fluidamente mientras el resto balbuceamos.

"En el universo del UNO, existen tres categorías de seres: los que roban, los que gritan uno, y yo. Yo habito el vacío entre ambas, con mis siete cartas inútiles, mirando cómo Javier sonríe con esa sonrisa de quien sabe, de quien ve, de quien tiene el +4 reservado para cuando más duele."

Llevamos veinte años jugando en Nochebuena. Veinte años de que Javier gane, de que mi abuela diga "qué suerte tiene el niño", de que el niño —que ya tiene treinta y dos años y cuentaable— responda "no es suerte, abuela, es estrategia". No es estrategia. He visto sus cartas. No las mira. No las ordena. Las sostiene con una mano mientras bebe tinto de verano con la otra, y cuando llega su turno, juega lo que sea, lo que necesita, lo que el destino —él— ha decidido.

La consulta

He preguntado a mi hermana, que estudió estadística. A mi tío Pepe, que fue campeón regional de mus. Incluso al dependiente de la tienda de juguetes de la calle del Sol, que me miró con ojos de quien ha visto de todo, de quien sabe que algunos mazos vienen malditos, que algunos jugadores nacen marcados, que el UNO fue inventado en 1971 por un barbero de Ohio que quería venganza.

Todos coinciden: Javier tiene algo. No es trampa, no es palming, no es colaboración con la prima pequeña que reparte. Es... otra cosa. Presciencia. Manipulación cuántica. Pacto. Mi hermana calculó las probabilidades: 0.003% de tener tres +4 seguidos. Javier lo ha hecho siete veces en veinte años. Siete veces que no son suerte, que son mensaje, que son el UNO diciéndonos que él es el elegido, que nosotros solo existimos para robar cartas, para acumular, para perder.

Mi psicóloga, Elena, dice que proyecté frustración. Que necesito creer en magia porque aceptar que Javier es mejor es demasiado humillante. Elena no jugó contra él. No vio cómo cambió de color sin mirar sus cartas, cómo dijo "azul" teniendo solo rojas, cómo el mazo obedeció, cómo la siguiente carta robada fue azul, cómo todo encaja, cómo todo siempre encaja para él.

El veredicto

Anoche soñé que era carta. Era el +4, la temida, la odiada, la que todos temen ver sobre la mesa. Javier me sostenía entre sus dedos, me giraba, me mostraba a los demás con esa mezcla de lástima y alegría que es su marca registrada. No tenía número. Solo tenía poder. Y paciencia. Y la certeza de que, tarde o temprano, me jugaría, me descartaría, me olvidaría.

"Desperté con la certeza de que, en algún plano lúdico, ya no existo como jugadora. Existo como víctima. Y que Javier, aunque primo, me conoce mejor que yo: sabe cuándo tengo dos cartas, cuándo una, cuándo estoy a punto de gritar UNO y sentirme viva, para entonces, en ese exacto instante, jugar el +4, el +2, el cambio de sentido, la rueda de colores, la combinación matemática que me devuelve al principio, que me hace robar ocho, doce, dieciséis cartas, que me convierte en espectadora de su victoria, en testigo de su gloria, en esta columna que nadie pidió, que él no leerá, que yo escribo mientras miro el mazo, mientras espero la próxima Nochebuena, mientras sé, sé, que volverá a pasar, que él volverá a ganar, que yo volveré a perder, que así es el UNO, que así es la familia, que así es Madrid en diciembre, que así es todo, que así siempre fue, que así siempre será, que el +4 es la vida, que el +4 es la muerte, que Javier es dios y nosotros sus peces de colores nadando en el tinto de verano de su copa, esperando, siempre esperando, que algún año, alguna vez, por fin, gritemos UNO antes que él.

Marta Sánchez es autora de "Cartas y otras armas familiares". Vive en Alcorcón, donde los juegos de mesa son guerra y los primos son enemigos, donde todos tenemos un Javier, donde esta columna es mi única venganza, mi única carta, mi único +4 que nadie me quita.

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