Lo que no te cuentan: El taxista que nunca llega

Cuando la app dice 3 minutos y llevas 47 esperando en Callao
A las 22:15, en la esquina de Preciados con Callao, la app me dijo: "Juan Antonio llega en 3 minutos". Eso fue hace cuarenta y siete minutos. Juan Antonio no existe. O existe en otro tiempo, en otro Madrid, en una dimensión donde el tráfico de Gran Vía fluye y los semáforos son sugerencias.
"En el universo de los taxis, existen tres categorías de seres: los que vienen, los que cancelan, y yo. Yo habito el vacío entre ambos, esperando en aceras que no conducen a ninguna parte."
He pedido cinco viajes esta noche. Todos asignados. Todos cancelados. Todos con foto de conductor que no coincide: sonrisa genérica, coche limpio, valoración 4.9. Cuando llamo, suena ocupado. Cuando escribo, leído sin respuesta. Son fantasmas digitales, espectros del algoritmo, conductores que aceptan para desaparecer.
La consulta
He preguntado en la asociación de taxistas. En la parada de Sol. Incluso a un chófer llamado Antonio —sin Juan delante— que me miró por el espejo con ojos de quien ha visto demasiadas pantallas, de quien ya no distingue entre pedido real y glitch del sistema.
Todos coinciden: hay viajes que no se deben aceptar. Direcciones que el GPS no reconoce bien. Zonas de Madrid donde la señal se pierde, donde el mapa miente, donde el tiempo corre diferente. Callao a las diez de la noche es una de ellas. Puerta del Sol a la una. El aeropuerto siempre.
Mi hermano, ingeniero en Uber, dice que es fallo de servidor. Que Juan Antonio probablemente canceló y la app no actualizó. Que no hay misterio, solo código defectuoso. Mi hermano no vio la foto. No vio que el coche de Juan Antonio, un Toyota blanco, aparecía en el fondo de mi propia foto de perfil. Tomada el verano pasado. En el norte. Donde no hay taxis blancos.
El veredicto
Anoche soñé que era Juan Antonio. Conducía por Gran Vía vacía, eterna, iluminada por neones que no existen desde los ochenta. Tenía un pasajero que no hablaba, que solo señalaba hacia adelante, hacia siempre, hacia ninguna dirección posible. No tenía destino. Solo tenía ruta. Y paciencia. Y la certeza de que, tarde o temprano, alguien cancelaría.
"Desperté con la certeza de que, en algún plano digital, ya no existo como usuario. Existo como espera. Y las esperas, en el lenguaje de las apps, son bucles infinitos: asignado, cancelado, asignado, cancelado, hasta que bajas la guardia, hasta que aceptas caminar, hasta que entiendes que el taxi no viene porque tú no vas a ninguna parte, porque el destino que pusiste es falso, porque lo que buscas no está en Madrid, no está en esta versión de Madrid, no está en el mapa."
Juan Antonio, si existes: deja de aceptar. O llega. O aparece en mi foto otra vez, más cerca esta vez, lo suficiente para leer la matrícula, para demostrar que eres real, que eres carne y multa y olor a ambientador barato. Porque ahora mismo, entre tu 4.9 de valoración y mi batería al 3%, no sé si te espero o te temo. Y la diferencia, supongo, no importa cuando el viaje es la única excusa para no estar en casa, cuando la acera de Callao es más habitable que mi salón, cuando esta columna es el único destino que tengo, que nadie pidió, que sigo escribiendo porque parar sería admitir que Juan Antonio no viene, que nunca vino, que era yo desde el principio, esperándome a mí mismo, cancelándome a mí mismo, perdiéndome en Gran Vía como se pierde el tiempo, como se pierde la fe, como se pierde Madrid entre las doce y la una, cuando todo es posible y nada es verdad.
Diego Romero es autor de "Asfalto y otras religiones nocturnas". Vive en Chamberí, donde los taxis no entran después de las diez, donde la noche se pasa caminando o esperando, donde todos hemos sido Juan Antonio para alguien, donde todos hemos dejado a alguien en la esquina de Callao, prometiendo que volvemos, sabiendo que no, que el siguiente viaje ya nos espera, que no hay vuelta, que nunca la hubo.
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