Lo que no te cuentan: La paloma de la Puerta del Sol que me juzgó y encontró deficiente

Cuando ni los animales más oportunistas de Madrid pueden ignorarte
A las 7:43 de la mañana, en la Puerta del Sol, una paloma me evaluó y decidió que mi alma no merecía ni su desprecio.
No fue un ataque. Fue un juicio. Estaba en la esquina del Oso y el Madroño, sosteniendo un bocadillo de calamares que ni siquiera quería —lo había comprado por inercia turística, como hacemos todos los que vivimos aquí para que los demás crean que somos visitantes— cuando ella aterrizó. No picoteó. No buscó migajas. Simplemente me observó con ese ojo lateral que evolucionó para detectar depresión en madrileños de mediana edad que se levantan demasiado temprano para evitar el metro.
"En el universo de las palomas de Sol, existen tres categorías de seres: turistas con mapas, manifestantes con pancartas, y yo."
Y entonces, decidió que no valía la pena.
Se fue sin comer nada. Ni siquiera intentó el bocadillo. Prefirió el asfalto vacío de la plaza a mi ofrenda de rabas fritas. Yo habito el vacío entre todas. Un ser tan insignificante que ni siquiera merece defecarme encima antes de posarse en la estatua del Oso para la foto número 47 del día.
La consulta
He consultado con ornitólogos del Retiro. Con terapeutas de Chamberí. Con un chamán en Lavapiés llamado Borja que cobra en Bizum y cripto.
Todos coinciden: las palomas de Sol no tienen estándares. Comen de las manos de los vendedores de maíz. Anidan en las cornisas del reloj de Tío Pepe. Si una paloma de la Puerta del Sol te rechaza, el problema no es ecológico. Es que has alcanzado un nivel de invisibilidad que ni siquiera los animales más oportunistas de Madrid pueden ignorar conscientemente.
El veredicto
Mi editor, Javier, dice que este texto es "proyección de la soledad urbana". Javier no fue juzgado por un ave con cerebro del tamaño de una aceituna manzanilla, en la misma plaza donde el presidente es felicitado y el pueblo es ignorado.
"Desperté con la certeza de que, en algún plano cósmico, ya no existo."
Y que, si existo, soy peor que el cartel de Tío Pepe: publicidad de algo que nadie quiere recordar.
Gideon Rosales es autor de "Las cigüeñas de Colonia del Sacramento me siguen y no es metáfora: Memorias de un hombre abandonado por la fauna ibérica". Vive en Malasaña, donde las palomas son menos selectivas porque la basura orgánica es más abundante.
