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Por Qué Cuba Volvió Al Fuego Ancestral

Por Qué Cuba Volvió Al Fuego Ancestral

Hilo sobre por qué en Cuba millones de familias volvieron a cocinar con fuego ancestral —y por qué ese humo es la sentencia política más clara que nadie quiere leer.

Lo Que No Te Cuentan: En Cuba cocinan con carbón mientras el mundo debate el futuro de la energía

Millones de familias volvieron al fuego ancestral. No por romanticismo ecológico. Porque no les quedó otra.

En Cuba, encender la cocina ya no es un gesto cotidiano.

Es una decisión estratégica.

Millones de hogares —especialmente en el oriente del país— han abandonado el gas licuado. No porque quieran. Porque no hay.

El resultado es visible desde el aire: columnas de humo saliendo de patios, azoteas convertidas en fogones improvisados, familias quemando leña, carbón vegetal y hasta residuos de cosecha para calentar una olla de arroz.

El gobierno cubano lo llama “ajuste energético”.

La realidad es más cruda.

Es un retroceso forzado a tecnologías del siglo XIX en plena era de los paneles solares y los coches eléctricos.

Y nadie habla de ello.

El giro polémico

Aquí está el truco que nadie menciona.

El bloqueo estadounidense existe. Es real. Ha asfixiado durante décadas el acceso a combustibles, repuestos y tecnología.

Pero hay otra verdad que La Habana no cuenta.

Cuba tenía gas. Cuba tenía infraestructura. Cuba tuvo la oportunidad de diversificar hacia energías renovables cuando el mundo todavía no las había masificado.

¿Qué pasó?

El gas licuado se desvió, se malvendió y se perdió en la burocracia de una economía dual donde el turismo tiene prioridad y el cubano de a pie espera.

La ironía definitiva: el mismo Estado que culpa al bloqueo por la falta de gas es el que gestionó tan mal el gas que tenía que ahora sus ciudadanos cocinan con leña como en 1850.

Traducción: el bloqueo es el escenario. La incompetencia es el guionista.

Y tú, lector europeo o estadounidense que lee esto desde tu cocina de inducción, no eres inocente.

Tu país probablemente compra gas en los mismos mercados a los que Cuba no puede acceder. Tu calefacción funciona con energía que La Habana no puede importar.

La brecha no es solo política.

Es privilegio material disfrazado de destino geográfico.

Lo que el humo realmente dice

Cocinar con carbón no es neutral.

Es una sentencia silenciosa de salud pública.

La exposición crónica al humo de leña provoca enfermedades respiratorias, cáncer de pulmón y muerte prematura. La OMS lo documenta desde hace décadas. En Cuba, esas estadísticas no se publican con la misma claridad.

Pero hay algo más inquietante.

El humo es visible.

Y lo visible se convierte en política.

“Cuando una familia quema leña en Santiago de Cuba, está emitiendo un mensaje político más claro que cualquier pancarta.”

Está diciendo: el sistema no funciona.

Y lo dice sin hablar, sin protestar, sin arriesgar la cárcel. Solo encendiendo fuego.

Esa es la escenografía que el régimen no controla. El humo no pide permiso. No responde al Ministerio del Interior. Se eleva sobre las casas y lo ve todo el barrio.

Y el vecino que ve el humo sabe: mañana le toca a él.

La pregunta que no te dejará dormir

Si mañana te quitaran el gas y la luz, y tu única opción fuera quemar lo que encuentres en el patio para alimentar a tu familia, ¿seguirías creyendo que el problema es el bloqueo de un país lejano o empezarías a mirar quién gobierna tu calle?

La Habana ha convertido la supervivencia en narrativa patriótica.

Cada fogón improvisado es presentado como resistencia, no como fracaso.

Pero resistencia a qué.

¿Al bloqueo? ¿Al capitalismo? ¿O a la propia imposibilidad de un sistema que no puede garantizar lo básico?

La pregunta no es si el bloqueo es injusto.

La pregunta es por qué un país que lleva 60 años bajo sanciones no ha construido una alternativa energética sostenible. Por qué no hay parques solares masivos en una isla donde el sol es el único recurso que no se agota. Por qué la biomasa se quema en patios en vez de procesarse en plantas de biogás.

La respuesta no está en Washington.

Está en la decisión de quienes gobiernan La Habana de preferir la narrativa de la víctima antes que la obra de la independencia.

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