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Por qué el Mundial 2026 es solo para ricos: precios, escándalos y exclusión

Por qué el Mundial 2026 es solo para ricos: precios, escándalos y exclusión

Hilo sobre el Mundial 2026: por qué una entrada cuesta 2 millones de dólares, por qué la FIFA está siendo investigada por tres fiscales, y por qué el fútbol más popular del planeta ya no es para quienes lo crearon.

Lo Que No Te Cuentan: El Mundial más caro de la historia te cobra 2 millones de dólares por ver la final y te manda a una silla que no compraste

La FIFA ha convertido la Copa del Mundo en un evento para ricos, ha engañado a los aficionados con los asientos y ahora tres fiscales la investigan

¿Cuánto cuesta soñar con ver a tu selección en una final del Mundial? 2 millones de dólares. Y eso solo si consigues entrar en el país.

El Mundial 2026 arranca en 8 días. Estados Unidos, México y Canadá. 48 equipos. 104 partidos. El torneo más grande de la historia del fútbol.

Y también el más elitista.

Las entradas para la fase de grupos partían de 60 dólares. Suena razonable. Hasta que descubres que la FIFA modificó los planos de los estadios después de vender miles de entradas. Creó nuevas zonas, añadió secciones y reubicó a compradores en asientos menos favorables sin avisar.

Las fiscales generales de Nueva York y Nueva Jersey ya investigan a la FIFA. Letitia James y Jennifer Davenport citarán al organismo para exigir documentos sobre fijación de precios y venta de boletos.

«Ser honesto con la venta de entradas no es complicado, pero la FIFA ha convertido la compra de una entrada para el Mundial en un laberinto de confusión, escasez artificial y precios desorbitados.»

Así lo dijo la fiscal de Nueva Jersey. Y no exagera.

Las entradas para la final alcanzaron los 10.990 dólares en precio oficial. Pero en el mercado de reventa, algunas se ofrecieron por hasta 2 millones de dólares. 2 millones. Por 90 minutos de fútbol. En un estadio donde el aficionado común no podrá sentarse ni de pie.

La fiesta de los que pueden pagarla

En Qatar 2022, la categoría más cara rondaba los 1.600 dólares. En Rusia 2018, 1.100 dólares. El Mundial 2026 ha multiplicado esas cifras por diez.

Football Supporters Europe denuncia que es el primer evento deportivo internacional en tiempos modernos que excluye efectivamente a aficionados con discapacidad. No hay entradas accesibles entre las más baratas. No hay acompañantes gratis. Seguir a un equipo hasta la final puede costar a un aficionado en silla de ruedas hasta 7.000 dólares.

Ronan Evain, de FSE, lo llama «un impuesto sobre la discapacidad».

Pero el problema no es solo el dinero. Es quién puede entrar.

Dos días antes del inicio del torneo, el árbitro somalí Omar Artan y numerosos miembros del staff iraní fueron denegados la entrada a Estados Unidos. El delantero iraquí Aymen Hussein fue interrogado durante horas a su llegada a Chicago. Los equipos de Senegal y Uzbekistán sufrieron pesquisas de seguridad exhaustivas.

Gianni Infantino dijo en 2017: «Es obvio que cuando se trata de competiciones de la FIFA, cualquier equipo, incluidos sus aficionados y oficiales, que se clasifique para un Mundial necesita tener acceso al país, de lo contrario no hay Mundial».

En 2025 repitió: «Todo el mundo será bienvenido en Canadá, México y Estados Unidos».

No ha sido así.

El césped que no rebota

Un vídeo viral del equipo de Senegal calentando en Estados Unidos muestra a los jugadores lanzando balones al aire y viendo cómo apenas rebotan. El césped absorbe el impacto como si fuera arena. Los jugadores se miran entre ellos, confundidos y preocupados.

El vídeo fue filmado en el Bank of America Stadium de Carolina del Norte. Ese estadio no es sede del Mundial. Pero la imagen ya circuló por todo internet. Generó alarma, dudas sobre las condiciones de juego y miedo a lesiones.

La FIFA no ha respondido. La FIFA nunca responde.

El giro polémico

Aquí está el truco que nadie menciona.

El Mundial 2026 no es un torneo de fútbol. Es un experimento de cómo el deporte más popular del planeta puede convertirse en un producto de lujo sin que la gente se dé cuenta.

La FIFA no vende entradas. Vende exclusividad. Vende estatus. Vende la oportunidad de decir «yo estuve ahí» a precios que solo los ricos pueden pagar. Y mientras tanto, el aficionado común —el que creó el fútbol, el que llena los estadios de Sudamérica, el que canta en las tribunas de África— queda fuera. Sin entrada. Sin voz. Sin Mundial.

La ironía definitiva: el país que inventó la reventa legal como industria está organizando un Mundial donde reventar es el único modo de acceder.

Y hay más. El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, anunció un plan especial de entradas a 50 dólares para residentes de la ciudad. Un gesto simbólico. Un parche en una hemorragia. Porque 50 dólares son el precio de una entrada de categoría 4 en un estadio donde las butacas de lujo cuestan 10.000.

«Merecen una oportunidad justa de conseguir entradas a precios asequibles.»

Dijo la fiscal de Nueva York. Pero la FIFA no escucha a las fiscales. La FIFA escucha a los patrocinadores, a los derechos de televisión y a los contratos millonarios con ciudades sede que han firmado acuerdos leoninos donde asumen todos los riesgos y la FIFA se lleva todos los beneficios.

La pregunta que no te dejará dormir

Si descubrieras que el partido de tu vida —la final del Mundial, el momento que soñaste desde niño— está a la venta por 2 millones de dólares en una plataforma de reventa, y que la FIFA lo permite, lo promueve y lo protege…

¿seguirías viendo los partidos por televisión sabiendo que el deporte que amas ya no es tuyo?

O preferirías no saberlo y seguir creyendo que el fútbol sigue siendo del pueblo, aunque todas las pruebas digan que hace tiempo que se lo vendieron a quien paga más.

Cierre

El Mundial 2026 será el más grande de la historia. 48 equipos. 104 partidos. Tres países. Y una sola verdad incómoda: no es para ti.

Es para los que pueden pagar 10.000 dólares por una entrada. Para los que pueden volar en jet privado entre sedes. Para los que no necesitan visa porque tienen pasaportes de países que no aparecen en listas negras.

El fútbol sigue siendo hermoso. El fútbol sigue siendo universal. Pero la Copa del Mundo ya no es del mundo. Es de quienes la pueden comprar.

Y tú, en tu sofá, con tu cerveza y tu camiseta gastada, seguirás viendo. Porque el fútbol es más fuerte que la FIFA. Porque el amor al juego no necesita entrada. Porque algún día, quizás, alguien recordará que esto empezó en los barrios, en los potreros, en las canchas de tierra.

Mientras tanto, en Estados Unidos, un árbitro somalí espera en un aeropuerto. Un delantero iraquí responde preguntas de inmigración. Un aficionado en silla de ruedas calcula si puede pagar 7.000 dólares por ver a su selección. Y la FIFA cuenta los millones.

El Mundial sigue. El fútbol, no tanto.

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